lunes, 4 de diciembre de 2006

domingo, 3 de diciembre de 2006

Un texto de Mada

Hay veces en que el camino está marcado y uno sabe o intuye qué personas va a encontrar, qué pasiones le van a acechar. Hay un mundo de encuentros fortuitos pero ordenados: los compañeros del trabajo, de la Universidad, de la nueva escalera o los amigos de los amigos. Pero también hay, todos los días, a todas horas, caminos no marcados, encuentros no esperados y necesariamente fugaces, carambolas del destino que nos enriquecen y que, ay, casi nunca duran: una mujer o un hombre al otro lado de la acera, un extraño en un autobús o, peor aún, andando por la ciudad mientras a ti te arrastra la velocidad, un nombre perdido en Internet...

Este fue uno de esos encuentros. En un chat que no recuerdo (yo que escasamente los frecuento), me tropecé con Mada, mallorquina, divertida, sentimental, llena de sueños y de alegría, de niños pequeños. Lo que en principio debió ser algo pasajero, una conversación más, se convirtió en una conversación prolongada que seguimos durante días, ya va para años.

Mada y yo no nos conocemos personalmente. Quizá no nos conozcamos nunca. Tampoco hablamos todos los días. Podemos hablar una vez a la semana y luego estar cuatro meses sin saber nada el uno del otro; sin embargo, siempre volvemos a contarnos algo nuevo, nuestra última travesura, nuestra última locura o nuestra última desgracia. Ella sabe cosas de mí antes de que yo las sepa incluso o las intuya: a qué temo, a quién amo, por qué seguir escribiendo sin esperanza alguna. Yo admiro su forma de vivir, todo corazón, toda sonrisa grande en la boca, todo cascada desmesurada, prodigiosa; todo exhuberancia mediterránera azul y verde del amanecer, llena de luz, llena también de poesía.

Ahora Mada ha decidido convertirse en una samurai, cruzar el espejo y mandarme un texto de su puño. Es para mí un honor dejarlo en este blog, y un privilegio. Así al menos, ya que no nos conoceremos, es como si estuviéramos trabajando en lo mismo o, aún mejor, es como si estuviéramos a la sombra bajo un árbol compartiendo lo que siempre permanece: el silencio.


"Hay veces en las que crees que el camino está marcado, que no existe margen para la suerte o la lucha. Hay dias en los que te apetece tirar la toalla, dejar el mundo de lado y quedarte en tu infierno. La melodía no cambia.

De repente conoces a alguien que te hace sonreir, a mi me pasó. Conocí a un pequeño que me hizo sentir diferente, humana ... hasta entonces luchando contra mi misma, intentando gustar a todos. Estaba muy cansada.

Empecé a pasear, a sentarme en los portales y a mirar a la gente. A coger mi cuaderno y plasmar en él mis sentimientos. A veces eran demonios que surgían con ira, otras eran naturalezas muerta (como yo lo estuve una vez). No tenía tiempo de pararme a mirar lo hermoso de todo lo que me rodea."

(Mada)

El matrimonio Rosenberg


Una de las historias más conocida de injusticia flagrante y criminal por parte de un estado es, sin duda, la de los Rosenberg.


Ethel Greenglass Rosenberg (1918-1953) y Julius Rosenberg (1915-†1953) fueron un matrimonio judío de los Estados Unidos de América ejecutados en la silla eléctrica acusados de espionaje.
Julius Rosenberg nació en Nueva York, el 12 de mayo de 1918, y era ingeniero eléctrico, mientras su esposa Ethel, también nacida en Nueva York el 28 de sptiembre de 1915, era aspirante a actriz y cantante. Ambos formaron parte de la Young Communist League, las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos.
El origen del juicio y ejecución de este matrimonio hay que buscarlo en las filtraciones de secretos nucleares acontecidas tanto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos como en la Universidad de Berkeley, donde existía un importante sector simpatizante de la izquierda, especialmente entre los científicos. Un antiguo maquinista del centro super-secreto de Los Álamos, el sargento David Greenglass, hermano de Ethel, confesó haber pasado secretos a los rusos y acusó así mismo a su hermana y al esposo de ésta, confesión que condujo directamente hacia el matrimonio Rosenberg, que fue detenido, acusado y juzgado por espionaje.
Aún hoy, se considera que el juicio a que ambos se vieron sometidos distó mucho de haber sido justo, y ciertas o no las acusaciones de espionaje, ambos fueron ejecutados en virtud del Acta de Espionaje de 1917, que dictaba pena de muerte para este tipo de delitos en tiempo de guerra, si bien en el momento de haberse cometido el supuesto espionaje, los Estados Unidos no se encontraban en guerra con la Unión Soviética. Al comparar este caso con otros de la misma índole, resueltos con penas mucho más leves a pesar de existir pruebas más concluyentes (como el caso de Klaus Fuchs, condenado a sólo 14 años de prisión tras haber espiado a los Estados Unidos en favor de la Unión Soviética durante muchos años), se denota un agravio comparativo, espoleado tal vez por el ambiente anti-comunista y el miedo imperante en la sociedad americana a un inminente enfrentamiento con la Unión Soviética que había degenerado en el «Mccarthismo».
Ambos fueron finalmente ejecutados en la silla eléctrica el 19 de junio de 1953, y las crónicas de la época cuentan que, aunque Julius murió a la primera descarga, su esposa Ethel, a pesar de ser una mujer más pequeña y supuestamente frágil, resistió hasta tres descargas eléctricas antes de fallecer, hecho del que se responsabilizó al diseño de la silla, construida para una persona de mayor envergadura y cuyos electrodos al parecer no se ajustaban «adecuadamente» al cuerpo de la mujer.


El matrimonio Rosenberg, juzgados por ser judíos y comunistas, dieron un ejemplo al mundo y a la historia de dignidad, principios y entereza, y se negaron a asumir la culpa que no habían cometido acabando sus días en la inhumana silla eléctrica. Amantes hasta el final, Ethel, una mujer fuerte y valiente, dedicó un poema a sus hijos, es decir, a todos sus hijos, a quienes creemos en la verdad, en la dignidad del hombre, en que algún día veremos un mañana en el cual el paraíso esté en esta tierra y sea para todos.


-Si Morimos-


Ustedes sabrán, mis hijos, sabrán

porqué dejamos las canciones sin hacer,

los libros sin leer, el trabajo sin hacer

para descansar bajo la grama.

No mas lamentos mis hijos, no mas

porque las mentiras y las calumnias fueron montadas.

Las lágrimas que derramamos y el dolor que nos penetra

para todos deberá ser proclamado.

La tierra sonreirá, mis hijos, sonreirá

y el verde sobre nuestro lugar de reposo crecerá

el crimen finalizará, el mundo se regocijará en hermandad y paz.

Trabajen y construyan, mis hijos, construyan un monumento al amor y a la alegría

al valor humano, a la fe que guardamos por ustedes, mis hijos, por

ustedes.

Algo tuyo


-Algo tuyo-

Pienso que no merezco el derecho
a molestarte
cuando me anuncias, cansada,
que tú también estás sola
en la casa, ya la tarde acabada,
desatenta, desasosegada,
después de horas de ardua tarea.

Corrígeme si me equivoco,
abeja guapa y laboriosa,
pero te imagino a la carrera,
las pestañas ahumadas,
un desarreglo en el pelo,
un siete en la chaqueta,
la sangre de los bolígrafos
marcando tus venas.

Y oigo,
oigo tu voz, no creas.
Me levanto y pongo mi oído
al ciclo de la ventana
y, en punto, tu frágil voz rota
de bruja de escuela
llega a mí y apenas es me consuela.
Guardo tu voz bajo la almohada,
me acurruco como un pez sobre ella,
y así, en el silencio memorial
de mi cementerio,
tú me hablas por fin como
yo quisiera que me hablaras:
despacio, humedeciendo
todos los fonemas,
en un tono tan bajo que pareciera
que esa voz existe
sólo por nosotros.
Pero apenas eso tengo, tu voz
y algún que otro consuelo:
pequeñas imágenes de ti en sueños,
o tú mirando la fuente de los mismos,
o tú sonriendo junto a una sombra,
o tú viendo de frente el más espeso
de los agujeros: yo.
¿No ganará el día a su victoria?
¿No vendrás conmigo a escuchar las
ragas de los vientos?
¿No querrás mirarme a la frente,
sorberme los ojos,
soplarme las cejas,
dejarme sin manos, sin uñas
y sin dientes
para ser todo tuyo,
tú entero,
a tu imagen y semejanza?

Y ahora ya sólo espero
que como un cuervo, que como una
hiedra, igual de alegre que el mugido
de la luna o el fragmento
tartamudo de sinfonía,
vengas aquí, a este bálsamo,
donde hay algunas risas
y todo, todo lo que existe,
es ya algo tuyo.

Pasión sola


-Pasión sola-

Aquí una pasión sola,
un laberinto,
tejiendo indistintos
casos para tentarte:
excusas de café,
botellas de vino,
profanación de escrituras.

Aquí un hombre inmaterial,
un estúpido, un niño,
un cero en la pared,
un dolor, un cuchillo, una
pasión, una pasión sola
con claros visos de derrota.

Cómo fue posible
esta pasión sola, este hombre solo,
esta causa,
ese nombre
en las cenefas
de sus labios
que suena a tu nombre;
este cielo, este miedo,
esta espada clavada
en las entrañas,
esta lluvia, estas ansias,
por comunicar
con palabras, con
murmullos, con lamentos, con
gimos una pasión,
esta pasión,
una pasión sola.

sábado, 2 de diciembre de 2006

Quisiera


-Quisiera-

Quisiera realmente que la luz no existiera
para no verte, y que el amor no existiera
para no amarte, y que la voz
no existiera para no oirte.

Quisiera realmente no creer en la belleza
para que tú no existieras;
y no creer en la poesía
para no tenerte.

Quisiera realmente la cobardía,
callarme los ojos,
cerrarme la voz,
darte la espalda.

Quisiera realmente la palabra insincera,
la sonrisa helada,
que no ocurra nada,
que no sepas nada;


quisiera la puerta cerrada,
el adiós permanente,
la presencia olvidada,
que no pase nada.

Quisiera realmente ser esa nada
que se mira en tu espejo,
agua corriente, deshecho de sueños;
la sombra ahogada en tu ministerio;


una bomba de lágrimas,
una sombra en tus huesos;
quisiera ser realmente lo que mora de lejos,
lo fugaz de la paja,


el roce en los besos,
la camisa de vientos;
quisiera ser realmente solamente un recuerdo
y que no sepas nada.

Estrellas

-Estrellas-

“…y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra”
Apocalipsis 6:12,13

…y no es un milagro porque lo he visto en las más frías yemas de la noche;
aunque un milagro es distinguirlas caminando, y tan altas,
sobre la amarga y salada tierra sinamor
luciferina, frígida, desalmada.

Estrellas que no serán estrellas, estrellas que no serán mi amor.
¡Dejadme que os recoja caídas sobre la tierra!
¡Dejadme que os unja y os convierta en flor!
¡Dejadme que os haga eternas, siemprevivas, siempreluz!

Asustadas y perdidas estrella en la tierra
que oís el aflautar del viento marcando un compás de arpa
y piedra. En vuestras cinco puntas doloridas,
como cinco hebras atadas, escondéis los secretos.

Si me dejarais envolveros en mi chaqueta,
estrellas rutilantes del cielo,
juntos arrostraríamos el árido invierno,
el frío desierto de “a morir” que viene en cero

este pasado tiempo de penumbra. Tiempo
envejecido de licuar la luz o templar las ansias
de abrir los ojos hacia lo alto y veros.
¿Por qué, por qué venís a torturarnos?

Proclamadlo

-Proclamadlo-

Y me arrebato por las mañanas como
un aluvión de espuma,
y corro por las alamedas, por las avenidas,
por las arboledas, por las veredas
y las más dóciles callejas
donde los bolos borrachos
mean, y levanto la cabeza
y veo a los ángeles de Miseñor,
a sus huestes armadas,
sus mesnadas de luz,
sus blancas legiones,
abriéndome la puerta de los cielos.
Manifestados ante mí proclaman:
“tú que tienes el don de la torpeza,
el don de la marioneta
y la llave del inútil sello,
abre con ella
la luz a los hombres.”

De qué manera remota tomo entonces
el juego vivo entre mis manos,
y, volviéndome divino,
sobrehumano y portentoso,
me voy haciendo más humano.
He aquí todo el secreto de este oficio
oculto y callado:
proclamadlo.