martes, 11 de diciembre de 2007

-Perorata del jilguero-


-Perorata del jilguero-


Quieren arrancarnos nuestras alas
y dejarnos sin vuelo.

No se conforman con ser ya
los que estancan el pan,
barren el suelo,
cosechan los granos secos.

¡No!

Además quieren que perdamos la facultad de vuelo,
la única que nos diferencia de ellos,
esos repugnantes seres humanos
tan dóciles, tan mansos,
tan apegados al suelo.

Ya nos encerraron, hermanos,
en sus jaulas (algunas doradas);
ya nos obligaron a entonar trinos,
cantos;
los domingos por la mañana concursaban
en el prado
por ver quién tenía el esclavo
más canoro
(había esclavos satisfechos,
por cierto);
otros se vieron forzados a aprender
su repugnante, átono
y desafinado
modo de comunicarse
('loros' los llamaban
y a cambio les pagaban pipas secas);
porque ya arrojaron nuestros cuerpos
al sumidero
cuando ni canto, ni color,
ni alegría les llevábamos
(estábamos muertos);
porque ya sufrimos demasiado la humillación
de procrear delante de sus ojos,
habrá que levantarse de los alambres, los árboles,
los columpios de plástico,
habrá que alzar los picos al cielo
para decirles que nunca
les dejaremos
arrancar nuestras alas,
cortar nuestras alas,
convertirnos en ellos.

Nuestras alas con las que
batimos al viento.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Últimas palabras de Vanzetti


Hoy encontré en el mercado dominical de libros usados de la Plaza Nueva de Bilbao las 'Cartas desde la prisión', de Bartolomeo Vanzetti, el anarquista italiano que fue ejecutado por crímenes que no había cometido y cuyas cartas a una familia que no compartía sus ideales siguen siendo hoy en día un modelo de entereza humana cabal que ni en los peores momentos renunció a su fe en el porvenir de la humanidad.


Se despide así Bartolomeo Vanzetti de sus amigos, de su hermana 'queridísima' y de la vida en su última carta de esta forma:


'¿Qué importa que ningún rayo de sol, que ningún trozo de cielo llegue jamás a las prisiones construídas por los hombres para los hombres?


Yo sé que no sufrí en vano. He ahí por qué cargo mi cruz sin duelo.


Pronto, los hermanos no se batirán con sus hermanos; los niños ya no serán privados del sol, ni alejados del verdor de los campos; ya no está lejano el día en que ha de haber un pan para cada boca, un lecho para cada cabeza, felicidad para cada corazón.


Y ese será el triunfo de vuestra acción y de la mía, mis compañeros y amigos.


Afectuosamente


Bartolomeo Vanzetti'


Las 'Cartas desde la prisión', de Bartolomeo Vanzetti, fueron publicadas en septiembre de 1976 en España por Granica Editor. Hoy, como todo libro importante, son inencontrables.


El 23 de agosto de 1927 Bartolomeo Vanzetti fue asesinado en la cárcel de Charlestown (Massachusetts, Estados Unidos) por el cruel e inhumano método de la silla eléctrica. Había pasado más de siete años en la cárcel, acusado de crímenes que no cometió, sólo culpable de ser libertario e italiano en un país crispado por el odio y el terror ante los extranjeros progresistas.


Su ejecución, junto a la de Nicola Sacco, fue un escarnecimiento contra la creciente fuerza del proletariado norteamericano, compuesto en esos años por una inmensa mayoría de inmigrantes que reclamaban mejores condiciones de vida.


Sus dos hermanas, Luigia y Vicenzina, de convicciones profundamente católicas, no compartieron nunca los principios anarquistas que habían inspirado a su hermano. Sin embargo, se decidieron a publicar estas cartas porque en ellas intuyeron la grandeza moral de las mismas: no permanecieron insensibles ante su cálida llamada a la humanidad y la tolerancia.


'No se avergüencen de mí -escribe en otro momento desgarrador-. Vendrá un día en que mi vida se conocerá tal cual es, y entonces todos los que se llamen Vanzetti se sentirán contentos y orgullosos de su apellido.'


Hoy en día todos los que en cualquier rincón del mundo luchan activamente por la causa de la justicia, el pan y el techo para todos los hombres por igual se apellidan Vanzetti.
Podéis oír aquí la canción que escribieran al alimón Ennio Morricone y Joan Baez en su memoria 50 años más tarde:

sábado, 8 de diciembre de 2007

Escena final de 'Lo que el viento se llevó'



Scarlett: Oh, Rhett, Rhett por Dios no digas eso. Perdóname, siento tanto todo lo que he hecho.


Rhett: Querida, eres una criatura. ¿Crees que basta con decir lo siento? Y todo el pasado, ¿puede remediarse? Ten, toma mi pañuelo. Jamás en ninguna crisis de tu vida he visto un pañuelo en tus manos.


(Se va hacia la escalera. Ella corre detrás de él y lo llama)


Scarlett: Rhett, Rhett, ¿adónde te vas?


Rhett: Me voy a Charleston. Vuelvo a mi tierra.


Scarlett: ¡Por favor, por favor, llévame contigo!


Rhett: No. He roto con todo lo de aquí. Yo busco la paz. Quiero ver si consigo hallar algo que tenga algún encanto y dulzura en la vida. ¿Sabes de qué estoy hablando?


Scarlett: No. Yo sólo sé que te quiero.


Rhett: Esa es tu desgracia.


(Él se da la vuelta y baja la escalera)


Scarlett: Oh, Rhett... ¡Rhett!


(Baja la escalera detrás de él)


Scarlett: ¡Rhett, Rhett! Si te vas, ¿adónde iré yo?, ¿qué podre hacer?


Rhett: Francamente querida, me importa un bledo.


(Él cruza el umbral y se pierde en la niebla del jardín. Ella lo mira marchar llorando).


Scarlett: No debería dejarle ir, no. Habrá algún medio para hacerle volver. Ahora no puedo pensar en ello, me volvería loca si lo hiciera. ¡Ya lo pensaré mañana!


(Cierra la puerta y se echa llorando sobre las escaleras)


Scarlett: Pero no tengo más remedio, no tengo más remedio que pensarlo. ¿Qué podría hacer yo? Qué me importa ya nada...


(Mientras llora empieza a oír en su cabeza las voces alternadas de su padre, de Rhett y de su amante Ashley Wilkes)


Voces en off: ¿Pretendes decirme Kathy Scarlett O'Hara que Tara no significa nada para ti? Pero si la tierra es lo único que importa porque es lo único que perdura.


Algo que amas más que a mí aunque quizá no lo sepas: Tara.


Esto es lo que te da tu fuerza, la tierra roja de Tara.


(Las voces se repiten y van elevado su voz hasta gritar 'Tara', 'Tara', Tara'. Ella alza la cabeza del suelo).


Scarlett: Tara. Es mi hogar. Iré a mi casa e idearé algo para hacerle volver. ¡Realmente mañana será otro día!


(Se la ve sobre un fondo elegiaco frente a su casa de tara, de pie junto a un árbol mientras suena el tema principal de la película sobrecargado de coros y trompetas).


THE END












jueves, 6 de diciembre de 2007

Cómo viajar a una fotografía de época


Hace unos días, tomando una copa con unos amigos en un bar, nos planteamos la posibilidad de viajar a una fotografía del siglo pasado. La técnica, aunque no tiene nada de novedosa, merece una explicación por si otras personas, en circunstancias distintas y países remotos, quisieran viajar también. Eso sí, tengo que avisar de que el proceso aquí descrito sólo sirve para imágenes urbanas, en blanco y negro y, muy posiblemente, anteriores a la Guerra Civil española y, si se me apura, a la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931. También creo que es honesto decir, antes de que algún aventurero se haga demasiadas ilusiones, que sólo es dable viajar a una instantánea tomada en la ciudad de origen y no, por tanto, se puede usar para conocer de cerca los detalles de la bomba atómica sobre Nagasaki, la llegada del hombre a la luna o permanecer escondido en la conferencia de Teherán mientras Roosvelt, Stalin y Churchill posan para la historia. Advertidos quedan.


Tomen la fotografía de época que deseen. Preferiblemente un plano general con angulación picada que muestre el pulular ingente de personas por su ciudad. Verá, seguramente, tranvías, carros tirados por mulas, mujeres con largas faldas de caída exagerada y hombres delgados con sombreritos de paja, bastones y bigotes característicos. Aíslen el momento decisivo. Otros estudiosos, como Imanol Zumalde, han aplicado esta terminología al mundo del cine; nosotros, simplemente, la vamos a usar para la daguerrotipia temporal.
El momento decisivo es ese fragmento minúsculo de la fotografía donde todo puede suceder. En realidad es la circunstancia temporal en la que vamos a insertarnos para formar parte de ella, ya sea una conversación, un encuentro casual o incluso un resbalón con una cáscara de plátano. Los primeros fotonautas, que desconocían la noción del momento decisivo, sufrieron lo que fue conocido como 'estiaje luminoso', o viajes a ciegas para quedar hundidos en la más absoluta soledad, viendo las arquitecturas remotas de la ciudad pero sin posibilidad alguna de crear tertulia sobre ellas. Muchos, así, enfermaron de tristeza, se quedaron para siempre en la fotografía y se volvieron violentos marineros de bucán. Son los que en los álbumes históricos miran con furia a la cámara y llevan un peinado y una vestimenta que, por lógica, no es de la época. Los libros de homenaje que se regalan con motivo de cualquier centenario institucional están plagados de ellos. No son peligrosos, pero se puede contraer su mal del mucho mirarles.


En 1985, el profesor De la Torre, en su tesis doctoral, describió el proceso de delimitación del 'momento decisivo'. Sus palabras son más acertadas que las mías y las transcribo tal cual:


'Se trata de aplicar la técnica de la captura en flash a la selección de diferentes momentos puntuales que luego se van a descomponer en puntos de luz para permitirnos integrarnos en una escena determinada. Una pareja hablando, por ejemplo, no es adecuada, la violencia de las reacciones necesarias provocaría el rechazo inmediato de los interlocutores, que se alejarían del fotonauta dejándolo en una situación delicada, con pocos factores positivos para sacarle rendimiento a su viaje. Una persona sentada en unas escaleras y otra que le hable a prudente distancia, en cambio, sería ideal para nuestros propósitos.'


Una vez que hemos localizado en nuestra fotografía la disposición al 'momento decisivo', tomamos muestra reprográfica de la misma (se puede hacer en cualquier fotocopiadora de barrio, no hace falta que sea compulsada), cuadriculamos en celdillas de 1 centímetro cuadrado y aplicamos una 'jaula de luz' a todos los cuadros que nos interesen con el bombardeo intensivo sobre los mismos de fotones luminosos. Como ya sabemos desde tiempos del sabio griego Anaximandro, somos básicamente energía, flotamos libremente en el universo, estamos cargados de luz estelar y basta, por tanto, con frotarse las palmas de las manos y aplicarlas sobre la fotocopia. En circunstancias ideales las posibilidades de acabar formando parte del momento elegido se acercan al 99% o sufren, en cualquier caso, una desviación típica de centímetros, apenas perceptible. El fotonauta, además, debe controlar en su viaje la densidad del relleno de fondo (para los casos de indefinición, no todo aparece en la imagen) y el ajuste de intensidad que desee para adaptarlo a sus necesidades visuales concretas. Algunos se quedaron ciegos al abrir demasiado el diafragma.


Si se han seguido los pasos correctamente estaremos integrados en una fotografía de época discutiendo con un caballero el porqué no toma de la mano a la señorita, se levanta de la escalera y se van juntos a dar un paseo por los muelles o, en tranvía, hasta las campas de las afueras, junto al asilo, para asistir a ese nuevo entretenimiento: el football. Puede que el caballero no quiera hablar o puede que nos mire y nos diga lo que intuimos, que ella no quiere ir, que prefiere estar con alguien que está fuera de campo, que mira desde otro ángulo y en quien no podemos reparar. Al final, aparte de la curiosidad histórica, hay que reconocer que los sentimientos y las personas son básicamente los mismos.


Le queda al fotonauta el consuelo de levantar la mirada y ver algo curioso: al fotógrafo tomando la placa de la reproducción a la que, años más tarde, decidirá viajar. Puede preguntarse por las copias que se harán y las rutas que seguirá una de ellas para llegar un siglo más tarde ante sus ojos. En ese momento todo parece imposible y aún qué lejano el taller de marquetería o el impulso de fijarla en una pared con una alcayata. No, todavía no es un violento marinero de bucán, aunque se asemeje. Pero encerrado en la imagen, aprisionado en ella, melancólico y vagando de una esquina a otra hasta toparse con la finitud de la línea negra y volver, el viajero luminoso irá perdiendo poco a poco parte de sus capacidades de refracción y volviéndose gris y opaco. La soledad le hará adoptar una pose singular para llamar la atención de alguien en un bar, alguien que conozca la técnica del viaje y quiera experimentarlo. Puede pasar un año o doscientos. Dos siglos mirando al perro que husmea una esquina donde alguien arrojó minutos antes las cáscaras de una naranja muy dulce. ¿Lo imaginan?


El objetivo de este escrito no es otro que animarles a que realicen el viaje, crucen la luz y hablen con el viajero que está sentado en las escaleras de una fotografía cualquiera, casi solo, con la cabeza entre las manos y a punto de echare a llorar. Es uno de ellos seguro, no lo duden nunca, y piensen siempre que podrían ser ustedes. Se lo aseguro.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Cantar de los cantares


'El cantar de los cantares' es el libro más hermoso de la Biblia y el más cercano al estilo de 'Las 1001 noches': un poemario erótico profano, muy del estilo de los cantares árabes, donde nunca se nombra al vengativo y celoso dios judío sino que se resalta el amor, la pasión y el deseo.


Bernardo de Claraval o san Juan de la Cruz, excelentes escritores además de clérigos, compusieron variaciones y poemas sobre el Cantar. La traducción del mismo al castellano le costó la cárcel a Fray Luis de León a manos de quienes decían defender la verdadera religión, la Santa Inquisición.


Hoy el Cantar ha llegado a nosotros como un faro de luz en medio de la noche de la revelación divina. El amor impregna sus hojas y las llena de costosos perfumes, afeites y sedas. Nunca lo oiréis en misa, descuidad. El Cantar sigue siendo peligroso para los que sólo desean orden, silencio y miedos oscuros.


Os dejo uno de mis fragmentos favoritos:



-Estoy enferma de amor-

ELLA: Yo dormía, pero mi corazón velaba...
¡Un voz! Mi amor me llama:
«Ábreme, hermana mía, amiga mía,
paloma mía, mi perfecta;
mi cabeza está cubierta de rocío;
mis bucles, del relente de la noche...»
Me he quitado ya mi túnica;
he de ponérmela otra vez?
Me he lavado los pies;
¿los volveré a manchar?»
Mi amor metió la mano
por el cerrojo de la puerta;
al oírlo, mis entrañas retozaron.
me levanté para abrir a mi amor,
y mis manos destilaron mirra,
mirra fluida mis dedos
en la manilla de la cerradura.
Abrí a mi amor,
pro mi amor se había ido.
Se me fue el alma tras de él.
Lo busqué y no lo encontré,
lo llamé y no me respondió.

Que enferma estoy de amor.

martes, 4 de diciembre de 2007

Mar de estrellas


Se hacía llamar Roslyn y, cuando la conocí, estaba enamorada de un tipo llamado Perce. Aquel año había acudido a Reno para divorciarse. Era rubia, atractiva, de carnes generosas, labios turgentes y rotundas caderas. Sobre todas las cosas era hermosa. Yo no podía parar de mirarla.

Con unos cuantos amigos más, entre ellos un viejo perdedor de fino bigote y flequillo canoso llamado Gay, se fueron a cazar caballos salvajes, cimarrones, a las montañas desérticas, lunáticas. Un territorio perfecto para las obsesiones y los celos. Cazaban caballos libres para convertirlos en comida para perros. Había terminado ya el tiempo de las grandes ilusiones, de la frontera interminable, de los hombres justos enamorados de imposibles, centauros del desierto en pos de una promesa o sheriffs honestos dispuestos a quedarse solos ante el peligro. Sólo ya les rodeaba el crepúsculo.

Según el viaje discurría por el desierto noté cómo el pasado, la envidia y la pasión atormentaban a estas personas. Roslyn amaba al más joven e impetuoso Perce, pero le ponía caritas al maduro Gay; éste, mientras tanto, al no verse correspondido y ser tímido, se desesperaba, bebía más de la cuenta y sólo confiaba en cazar los caballos para redimirse, triunfar de alguna manera en el único oficio que conocía.

Unos inadaptados, un momento de decisón, un sueño perdido. Gay se pone romántico, camela a la hermosa Roslyn, se la arrebata a su odiado-amado amigo Perce y la invita a su furgoneta. Le habla de los sueños que tiene para el futuro, de los hijos que vendrán, de que es verdad que es un viejo fracasado pero que piensa establecerse en la ciudad, forjarse un futuro, levantarse del fango hacia la luz. Arriba titila un mar de estrellas sobre el desierto. Parece un océano de frío luminoso, distante.

Entonces la furgoneta de Gay se pone en marcha. Pasa su brazo bajo el hombro de Roslyn y ella lo acepta, se abrazan estrechamente y miran el mar de luz que los espera. Hacia él van. De pronto recuerdo que ya los conocía, que Gay, ese vaquero de cara marcada, sucio y polvoriento, es Clarck Gable, y Roslyn ni más ni menos que Marilyn Monroe, la insegura triunfadora, la mujer que sólo quiso ser, ante todo, ella misma. Gable y Monroe se van abrazados a las estrellas y noto en los ojos un conato de humedad. Es, quizá, la escena más hermosa del cine. Saber que sólo 11 días después él moriría de un infarto y que ella le seguiría a la tumba menos de un año más tarde sin haber completado jamás la película de George Cukor que estaba rodando. Es la última toma, el último plano: dos astros de la pantalla que se van abrazados al firmamento, a la etenidad.

Los ojos se cierran y sólo queda la espuma de las olas estelares en la retina. No hay vergüenza alguna por llorar. Vivimos, a nuestra manera, vidas rebeldes. Como auténticos inadaptados (así se llama la película en inglés, ‘Los inadaptados’) sabemos que el valor supremo de los mitos es conducirnos a todas horas hacia lo más luminoso que hay en nosotros, hacernos levantar la cabeza del suelo, sonreír ante la oscuridad y seguir caminando presas de la emoción, embargados por la presencia que dejaron.

Las ausencias físicas no pueden evitar el recuerdo permanente, eso diferencia a los seres inmortales de los mortales. Gable y Monroe se fueron al cielo juntos, abrazados, felices en su confianza de que ellos ya habían ganado antes la inmortalidad. La única que existe, más real que la de las religiones: la inmortalidad del arte, de la belleza, de la creación pura y la poesía. La inmortalidad de quien puede y sabe reflejar el alma sobre un papel o en una pantalla.

Marilyn Monroe fue una rica mujer desgraciada, incomprendia e infeliz, sin embargo creo en ella. Es Roslyn atribulada caminando a Reno para pedir su divorcio con el corazón hecho pedazos y las manos temblorosas de quien se siente enfermo de dolor. Me gustaría ser entonces un viejo perdedor, llamarme Gay, y ser lo bastante tímido como para no hablar mucho y permanecer a su lado con mi tabaco, mi lazo y mis vaqueros, silencioso. Eso tiene que ser la auténtica felicidad.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Lonesome town


La nochevieja de 1985 se llevó algo más que un año, se llevó a Ricky Nelson, el excelso cantante de voz negra y profunda que había interpretado como nadie pudo hacerlo después 'Lonesome town', una tonada a la guitarra de tintes nostálgicos y melodramáticos perfecta para escuchar en húnmedas y frías tardes de otoño como esta. Después de haber rozado el cielo, el avión en el que viajaba hacia Dallas (Texas) se precipitó al vacío como una estrella caída. Otra viajaba dentro cantando. Sólo tenía 45 años.


'Lonesome town' me asalta desde que la conocí en la banda sonora de 'Pulp Fiction', de Quentin Tarantino. Era 1994, el invierno era largos y no había gran cosa que hacer salvo leer, ver la televisión y emborronar cuadernos baratos. Aunque no entendía la letra, y de amores no sabía nada de nada, puede que creyera que 'hay un lugar donde los enamorados van a llorar sus problemas, la ciudad de Lonesome, donde están los corazones rotos'. Porque al fin y al cabo quién no ha creído tener el corazón roto con 14 años, a quién no se lo han roto, quién no ha sentido que amaba por primera vez intensamente.
En Lonesome, seguía, 'puedes comprar un sueño o dos', atravesar los años y 'el único precio que pagas es un corazón lleno de lágrimas'. Ahora, que han pasado 14 años, exactamente la edad que tenía cuando estuve por primera vez en Lonesome, puedo entender qué es un corazón rebosando llanto, puedo comprender esa querencia por 'hundirse en el tiempo en que se rompen los sueños' y buscar con desespero la ciudad entre el polvo donde 'las calles están llenas con lamentos y se puede aprender a olvidar'. Ganar el olvido, detener la mente, no pensar más... en ella. Sólo en la ciudad de Lonesome, por supuesto.


'Lonsesome Town' interpretada por Ricky Nelson:



sábado, 1 de diciembre de 2007

-Me vienen a buscar-


'Me vienen a buscar',
y se va corriendo escaleras de metal
abajo franqueando páramos
llenos de alegría,
desiertos sin palabras,
miradas como lagos
de futuro y otras
expresiones cónicas
conocidas,
apenas aprehendidas
en el aire que exala su melena,
burbuja derretida.

Yo me quito los colmillos,
le doy otro trago a la copa
de veneno y sueño con su piel bajo los blancos
vestidos de lana,
las formas secretas de su costura,
lo que encierra olor a heno
y a paja.

Sé que nunca tendré entre mis manos
podridas
el aliento victorioso
de su descender eterno hacia otros brazos.

sábado, 20 de octubre de 2007

'La ofensa', de Ricardo Menéndez Salmón


En su novela-corta 'La Ofensa' Ricardo Menéndez Salmón cuenta la historia de Kurt Crüwell, joven sastre alemán, amante del piano, al que la II Guerra Mundial le lleva a romper con su oficio, su afición melómana, su familia y su amor para enrolarse como hábil soldado del ejército nazi. Destinado a la Francia ocupada, asiste a la ejecución masiva de los habitantes de una aldea, perdiendo en ella el sentido y difuminando así la frontera entre su cuerpo y el horror. A partir de entonces, marcado para siempre por la experiencia totalizadora del mal, conoce un nuevo amor, los abismos de la culpa y emprenderá una nueva vida en Inglaterra tratando de conjurar un pasado que le perseguirá siempre.


'Metáfora de un siglo trágico, la existencia de Kurt se transformará en un vertiginoso viaje a las raíces del Mal, identificado en esta intensa novela con la cosmovisión del nazismo, pero también en un conmovedor ejemplo de la capacidad del amor para expiar el dolor del mundo y en una originalísima reflexión a propósito de la grandeza y miseria del cuerpo humano.'

lunes, 1 de octubre de 2007