sábado, 29 de diciembre de 2007

-El encuentro-


-El encuentro-

Volvía a casa con la carta de Mucientes en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, un viejo amigo de Gadir, subíamos juntos hace ya casi cuatro años al Castillo de Almudena y jugábamos (a nuestra edad, ya veis) a disparar el cañón herrumbroso y ceremonial de de la torre de homenaje. Esa tarde le había enviado una felicitación navideña y, creía, había perdido la pluma Parker con la que había escrito. A mi lado dormitaba Gork pensando en la cena del día siguiente, y en el bar portátil que habíamos visto construir en Arenal para acoger una fiesta punk. Yo quería ir a la fiesta. Gork quería que cenáramos en su casa y celebráramos las Saturnales junto a Gon, que leyéramos a Catulo y Juvenal. Gon no quería ni una cosa ni la otra, sino cenar en un restaurante de Fernández del Campo, una calle lista a los atracos y con comedores turcos abiertos hacia la estafeta de Correos. Su restaurante es un gineceo de comensales rituales y servicio silencioso de fumadero de opio. En la lucha entre decuriones, senadores y ecuestres ganaron estos últimos: el restaurante, el retiro y el escondite del cazador. Aunque volviendo a casa ni Gork ni yo podíamos olvidar la majestuosa carpa blanca, aún vacía, presta a llenarse de furia. Con esa idea se bajó en su parada y yo me adormecí aún más en una plácida duermevela. Poco después lo vi.

Miento. No lo vi del todo. El vacío que creaba su tristeza alrededor condujo mis ojos a su rostro. Iba vestido de un modo invisible. No iba desnudo. Su ropa era pura ganga, no importaba nada, porque al mirarle sólo se veía, concentrada en un primer plano opaco, su cara. Al momento me recordó al leve sueño que acababa de tener y me pregunté si, acaso, no sería el mismo sueño hecho carne, proyección de mí mismo en esa alucinada hora donde uno no sabe quién le recomienda un libro, quién le susurra ‘al día siguiente a las 6 en el Café del Mercado’, quién le ordena ‘apúntate a ese taller’ o quién le besa en la boca sin permiso. Los idus que le precedían me hacían ser precavido: una figura que surgía de un sueño inconsistente, casi nube, y que tenía la misma carnalidad fría de un sorbo de agua bebido de rodillas en un arroyo.

Estaba leyendo. No pude ver el título. El libro tenía las guardas negras y parecía ribeteado con hilo de oro. La sensación es que estaba leyendo un ataúd y su cara, amarga, reflejaba la lividez cetrina de un muerto repentino. Llegaba mi parada. Parpadeé para mirarle mejor y alzó los ojos del ataúd para atisbar el andén vacío que me esperaba en cinco, seis, diez segundos más tarde. Allí estaba el yo del futuro en el andén y no miraba atrás. No sé por qué, pensé: ‘viene del sexo, y el sexo es el dolor’. ‘Viene de una noche de lujuria o ha sido lujuria antes de estar tan triste como para llevar su propio ataúd entre las manos y reflejar la amargura en el rictus de los labios, en el corte de pelo de época pasada que recuerda a fiesta junto a un río’.

Deseé que me mirara, pero no lo hizo. Deseé ser traspasado por el caudal de hielo de sus ojos y desaparecer en su río para regresar al primer segundo en que le vi, y que ya estaba, ese segundo, destruido, derribado por otros muchos. Quería asegurarme que era él. Se centró en su libro y las puertas del vagón se abrieron hacia el futuro, apenas entrevisto momentos antes, en el que él me estaba observando de espaldas con sus grandes ojos de cachorro ahorcado después de una mala jornada de caza. ¡Cuánto desengaño había en ellos!

Di dos pasos vacilantes. Fue necesario un tercero y al pasar frente a la corriente de aire de su boca noté cómo se iba deshaciendo y sobre sus ruinas se sentaba una señora y enfrente su hija con un bonito peinado garçon, unos ojos grandes y un libro magnífico que contaba la historia de una princesa que era violada y recorría la campiña en busca de justicia y no la encontraba. Luego creo que la princesa se convertía en un oso, era cazada y su corazón lo devoraba su propio violador mientras aún latía y sangraba. La chica, lo supe, venía de estar con su novio. La madre esto último no lo sabía. A ninguna de las dos les importaba lo más mínimo la sombra pálida que seguía leyendo ya ajena a todo, sin buscar nadie que le diera cuerpo, nadie que le importara su peste de soledad, su cúmulo de hojas podridas y flores secas en un bote de metal para lapiceros.

Sentí su mirada en mi nuca como un ojo gigantesco en el túnel amarillo eléctrico del suburbano y con su silencio en tiempo pretérito me fui escaleras arriba en busca del aire limpio, los bares abiertos y las cochambrosas figuras de placer. Comprendí que después de la muerte no hay futuro alguno, y que toda la vida posible es leer.

2 comentarios:

Sibyla dijo...

Iván, cada vez que leo tus relatos, disfruto encajando perfectamente tus historias una dentro de la otra, cual si se tratara de un juego de perfectas muñecas rusas.
Saludos!

Carlos Paredes Leví dijo...

La verdad es que lo que acudi� a mi mente fue la certeza de que los libros nos eligen, y que tiene que haber alguna raz�n para ello. Del mismo modo, y desconozco el porqu� las historias seleccionan a su autor.
En fin, hay demasiada metaf�sica detr�s de narrar y leer una historia. Ya lo dijo el gran Elie Wiesel: "Dios cre� al hombre porque le gustan las historias".
Un saludo.